La decisión de Telia de vender su operador en España pone de manifiesto los excesos de confianza de su promotor y de los reguladores sobre el nivel de dureza del mercado, mucho más difícil de lo esperado

La puesta en venta de Yoigo (el cuarto operador de telefonía móvil), por parte de su dueño, la sueco TeliaSonera, ha sido un auténtico aldabonazo en el mercado español que deja en paños menores a muchos que creían en el mito de que este mercado era Jauja y que no había suficiente competencia. Pues no. El mito no es tal y el emperador está realmente desnudo.

Ante todo, hay que aclarar que la decisión de Telia no es inesperada. Cuando en junio de 2007 el grupo sueco destituyó a su anterior consejero delegado, Anders Igel, EXPANSIÓN interpretó que el relevo aumentaba la incertidumbre sobre el futuro de Yoigo. Igel era el principal valedor de la compra de Xfera –el antecedor de Yoigo– y su relanzamiento.

Se trataba, sobre todo, de una estrategia del mal menor, en la que se optaba por invertir unos recursos limitados (1.000 millones de euros en cinco años) en la empresa española con la esperanza de lograr algo de valor. La otra opción, si se liquidaba Xfera, era destinar más o menos el mismo dinero, pero en este caso para cubrir las garantías y avales que se habían comprometido con el Gobierno español, y a cambio quedarse con… nada.

Los virtuales ocupan el espacio natural que Yoigo podría explotar como operador 'low cost'

Cuando Igel abandonó el grupo, los que desde el principio se habían mostrado contrarios a la aventura española en un mercado muy saturado –con más de un 100% de penetración– y muy lejano de los espacios naturales del grupo escandinavo, no encontraron ya ninguna resistencia.